La mujer gigante era Exaltación Severa Soledades, una Señora de las de antes. Se aleja de los cánones clásicos, por usar una expresión algo poética. De resultas de un parto desganado, la cría había quedado algo achatada por los polos, como una pelota de rugby, y con el paso de los años la cosa iba a peor. Sus piernecillas cortas y abultadas se unían con aquel tronco contrahecho mediante dos grandes bolas deformes de las que se enorgullecía al llamarlas trasero. Sus pechos eran enormes y sufrían los estragos de la gravedad. Subiendo la mirada uno se tropezaba con su rostro porcino, con una nariz aplastada y bulbosa en el centro, o quizás algo desplazada hacia la derecha. Todo centímetro de su cítrico cutis estaba cubierto por una gruesa capa de maquillaje, diverso en sus tonalidades. Sobre el cráneo lucia intrincadas pelucas rizadas que disimulaban, en la medida de lo posible, una alopecia precoz fruto del mal uso del champú anti-piojos en su infancia. Aún así, podría haber pasado desapercibida de no ser por su obsesión por parecer una folklorica venida a menos. Vivía en los perennes años 80, se engalanaba con chaquetas de franela y con dramáticas hombreras que harían llorar al niño Jesús. Sobre los leotardos reductores, anchos cinturones. Sobre las pezuñas, botas de tacón de iel de cebra. Y como la guinda que corona el pastel, complementos dorados. Tantos que se antojaban obscenos.